Cuando el duelo se hace pueblo

El Santo Entierro de Cristo se conmemoró la noche del pasado Viernes Santo en Beniaján, tal como lo viene haciendo desde tiempo inmemorial: sacando la pasión a la calle. Junto al Cristo de las Penas y a San Juan Evangelista, que ya tomaron parte en el desfile del Miércoles Santo, la costumbre del rito y la narración evangélica hacen que a esta procesión se unan el Señor de la Buena Muerte y Nuestra Señora de la Soledad. Un Jesús yacente y una Madre envuelta en luto. Pero ni el Señor inerte que tallara José Ortiz aparece solo sobre el frío sepulcro, puesto que lo vela un ángel lleno de fortaleza que despliega sus alas sobre el trono; ni se diría de la Virgen que camina sola, sumida en su duelo, pues parece que la acompañe un pueblo entero.

Se cuenta con la presencia de todas esas personas que son el resorte para que salgan y avancen los tronos, preparándolos, portándolos sobre los hombros, iluminando su itinerario con ciriales y velas, incorporando la música, musitando oraciones y letanías que se entrelazan como el encaje de una mantilla, o abriendo camino tras los estandartes con la fuerza de una chiquillería que es cantera y promesa de futuro. Y están esas gentes que, por miles, toman las calles no para ver, sino para contemplar; no para buscar, sino con la certeza de que van a encontrar; todas con el deseo de cumplir con esa querencia heredada o aprendida que ha cincelado a Beniaján como pueblo nazareno de referencia.

Tiene esta procesión rasgos vetustos, como los tambores destemplados que fueron tocando sin descanso tras el paso del Cristo durante todo el recorrido, o la pátina dieciochesca de los colores y las sombras que se proyectan por las estrechas calles del casco antiguo cuando la procesión se adentra en el corazón castizo del pueblo. Ostenta el orgullo de lucir uno de los Sepulcros más hermosos de la Región de Murcia. Y provoca emoción, siempre de la que sana y consuela, aunque a veces parezca imposible y nos cierre la garganta. Así ocurrió cuando del cielo cayeron este año sobre San Juan, como lágrimas, unos pétalos blancos en recuerdo de un cofrade que se ha ido con el Evangelista demasiado pronto.

La Virgen de la Soledad estrenó saya y la representación de un monte a sus pies, sirviendo de apoyo para extender un paño de la pasión sobre el que se podía ver la corona de espinas y cinco rosas rojas, simbolizando las yagas de Jesús. Y así avanzó la Reina del Viernes Santo por la carrera, precedida de largas filas de penitentes y numerosas manolas, acompasada por las marchas de la Banda Titular de la Agrupación Musical de Beniaján. Su llegada al Atrio, donde el gentío siempre se reúne para arropar la entrada de los pasos al templo, es sinónimo de despedida y también de esperanza. Es presagio de Resurrección y de un amanecer luminoso. Y llegará una nueva Semana Santa con la que renovar el compromiso de hacer grandes y solemnes estos días en Beniaján y, con ellos, seguir haciendo pueblo.

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